Nana
Nana Por aquellos días, Nana, muy atormentada, no estaba para bromas. Le hacía mucha falta el dinero. Cuando la Tricon no la necesitaba, lo que sucedía con frecuencia, no sabía dónde poner su cuerpo. Entonces hacía con Satin desesperadas salidas por las calles de París, metida en ese vicio tan bajo que ronda por las callejuelas cenagosas, a la turbia claridad del gas.
Nana volvía a los bailongos de la barrera, donde le hicieron caer sus primeras enaguas sucias; revivió los rincones oscuros de los bulevares exteriores, los poyos sobre los cuales los hombres, a sus quince años, la besaban cuando su padre la buscaba para darle unos azotes en el trasero.
Las dos lo recorrían todo, infatigables; seguían los bailes y los cafés de un barrio, subiendo escaleras húmedas de escupitajos y de cerveza vertida, caminaban despacio, calle arriba y calle abajo, plantándose de pie contra las puertas cocheras. Satin, que había debutado en el barrio latino, conducía a Nana a Bullier y a las cervecerías del bulevar Saint-Michel. Pero como se acercaban las vacaciones, el barrio olía a demasiada miseria. Y regresaban siempre a los grandes bulevares. Allí era donde tenían más suerte.