Nana

Nana

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Desde las alturas de Montmartre al llano del Observatorio, recorriendo así toda la ciudad. Noches de lluvia en que los zapatos chorreaban agua, anocheceres cálidos que se les pegaba el corpiño a la piel, plantones prolongados, paseos sin fin, empujones y peleas, últimas bestialidades de un paseante llevado a cualquier tugurio miserable y descendiendo con reniegos los peldaños grasientos.

El verano concluía, un verano tormentoso, de noches ardientes. Las dos se iban después de cenar, hacia las nueve de la noche. En las aceras de la calle Notre-Dame de Lorette, dos filas de mujeres cruzaban ante las tiendas, las faldas recogidas, la mirada en el suelo, apresurándose hacia los bulevares con aspecto atareado y sin dirigir una mirada a los escaparates. Era la bajada hambrienta del barrio de Bréda a las primeras luces de gas.

Nana y Satin bordeaban la iglesia y cogían siempre por la calle Le Peletier. Luego, a cien metros del café Riche, como llegaban al campo de maniobras, soltaban la cola de su vestido, recogida hasta entonces con mano cuidadosa, y se ponían a remover el polvo, barriendo las aceras y meneando la cintura, para andar a pasitos, y aún acortaban más su marcha cuando pasaban ante la luz cruda de un gran café.


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