Nana

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Pavoneándose, la risa fuerte, con miradas hacia atrás a los hombres que volvían la cabeza, estaban allí como en su casa. Sus rostros blancos, pintados de rojo los labios y de negro los párpados, adquirían en la sombra el encanto turbador de un Oriente de pacotilla abandonado en medio de la calle.

Hasta las once, entre los empujones de la muchedumbre, permanecían alegres, soltando de vez en cuando un «valiente cochino» a la espalda de los necios cuyos talones les arrancaban un volante; cambiaban pequeños saludos familiares con los camareros, se paraban a charlar delante de una mesa, aceptaban consumiciones, que bebían lentamente, como personas felices de sentarse para esperar la salida de los teatros.

Pero a medida que avanzaba la noche, si no habían hecho uno o dos viajes a la calle La Rochefoucauld, se volvían malas zorras y la cacería se hacía más áspera. Al pie de los árboles, a lo largo de los bulevares sombríos que se vaciaban, tenían lugar los regateos feroces, las palabrotas y los golpes, mientras las familias honestas, el padre, la madre y las hijas, habituadas a tales encuentros, pasaban tranquilamente y sin apresurar el paso.



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