Nana

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Luego, después de haber ido diez veces de la Ópera al Gimnasio, cuando decididamente los hombres se desasían y marchaban más rápidos en la oscuridad creciente, Nana y Satin permanecían en las aceras del arrabal Montmartre. Allí, hasta las dos de la madrugada, los restaurantes, las cervecerías y las salchicherías resplandecían, mientras un hormigueo de mujeres se obstinaba frente a las puertas de los cafés, último rincón iluminado y viviente del París nocturno, último mercado abierto a los acuerdos de una noche, donde los tratos se hacían entre los grupos, crudamente, de un extremo al otro de la calle, como en el pasillo abierto de una casa pública. Y las noches en que regresaban de vacío, las dos amigas disputaban.

La calle de Notre-Dame de Lorette se extendía oscura y desierta, y las sombras de las mujeres se arrastraban arriba y abajo; era el regreso retrasado del barrio, las pobres prostitutas exasperadas por una noche de paro forzoso, obstinándose, discutiendo todavía con voz enronquecida con algún borracho perdido, que retenían en la esquina de la calle Bréda o de la calle Fontaine.





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