Nana
Nana Sin embargo, había buenas gangas, luises atrapados con señores bien que subían, escondiéndose su condecoración en el bolsillo. Sobre todo Satin tenía buen olfato. Las noches húmedas, cuando París mojado exhalaba un olor insípido de gran alcoba no muy limpia, sabía que ese tiempo lánguido, esa fetidez de los rincones lóbregos, enardecía a los hombres. Y acechaba a los mejor vestidos, leyendo el deseo en sus ojos pálidos. Era como una ráfaga de locura carnal pasando por la ciudad. Ella había tenido algún miedo porque la mayoría de los hombres bien eran los más sucios. Todo el barniz elegante saltaba, aparecía la bestia y exigía gustos monstruosos, refinando su perversión. Así era como esta arrastrada de Satin carecía de respeto, carcajeándose de la dignidad de las gentes de coche, diciendo que sus cocheros eran más limpios, porque respetaban a las mujeres y no las mataban con sus ideas inmundas.