Nana
Nana La caída de estas gentes elegantes en la crápula del vicio sorprendía a Nana, que todavía conservaba sus prejuicios, de los cuales la iba librando Satin. Entonces, como ella decía cuando hablaban de seriedad, ¿es que no hay virtud en el mundo? De lo más alto a lo más bajo, todo rodaba. Pues eso debía ser lo propio de París desde las nueve de la noche a las tres de la madrugada, y se reían, asegurando que si pudieran ver todas las alcobas, se habría asistido a algo muy gracioso: los personajillos dándose hasta el hartazgo y no pocos personajes, aquí y allá, con las narices metidas en la porquería más profundamente que los otros. Esto completaba su educación.
Una noche, yendo en busca de Satin, reconoció al marqués de Chouard, que bajaba la escalera, las piernas vacilantes, agarrándose a la barandilla y con el rostro pálido. Nana fingió que se sonaba. Luego, una vez en el piso, encontró a Satin en medio de una suciedad espantosa, la cocina abandonada desde hacía ocho días, la cama infecta, tarros por el suelo, y se asombró de que ella conociese al marqués. ¡Ah, sí! claro que lo conocía, y hasta les había fastidiado a ella y a su pastelero cuando vivían juntos. Ahora acudía de vez en cuando, pero la abrumaba, husmeaba por todos los rincones sucios, hasta en sus zapatillas.
—Sí, querida, en mis zapatillas… ¡Oh! es un viejo cochino. Siempre está pidiendo cosas.