Nana

Nana

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Lo que más inquietaba a Nana era la sinceridad de tan soeces disoluciones. Se acordaba de sus comedias de placer, cuando era una mujer lanzada, y veía a las muchachitas que la rodeaban degradarse un poco más cada día.

Además, Satin le metía un miedo horrible a la policía. Sobre este particular, tenía un repertorio. En otros tiempos se acostaba con un agente, para que la dejase tranquila; ya en dos redadas había evitado que la inscribieran en el registro, y ahora temblaba si volvían a cogerla, porque su oficio estaba bien claro. Y esto era de esperar. Los agentes, para obtener sus gratificaciones, arrestaban al mayor número posible de mujeres, se quedaban con todo, y hacían callar de una bofetada a la que gritaba, seguros de ser apoyados y recompensados, incluso cuando habían cogido entre el montón a una muchacha honrada. Durante el verano, en grupos de doce o quince, operaban a saco por el bulevar, sitiaban una acera y pescaban hasta treinta mujeres en una velada.






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