Nana
Nana Sólo Satin conocía el terreno; en cuanto veía la nariz de un agente huía en medio de la desbandada azorada de vestidos de larga cola, que desaparecían entre la multitud. Era un pánico a la ley, un error a la prefectura tan grande, que algunas se quedaban paralizadas a la puerta de los cafés, ante el golpe de fuerza que barría la avenida. Pero Satin temía mucho más las denuncias; su pastelero se había mostrado bastante cerdo, amenzándola con denunciarla cuando lo abandonase; sí, los hombres vivían de sus queridas con estos trucos, sin contar con las cochinas mujeres que las entregaban traidoramente si se era más guapa que ellas.