Nana
Nana Nana escuchaba estas revelaciones presa de crecientes temores. Siempre había temblado ante la ley, ese poder desconocido, esa venganza de los hombres que podían suprimirla, sin que nadie en el mundo la defendiese. Saint-Lazare le parecía como una fosa, un agujero oscuro en donde enterraban a las mujeres vivas después de haberlas rapado. Y se decía que le bastaría abandonar a Fontan para encontrar protecciones; Satin se había cuidado de explicarle que los agentes disponían de ciertas listas de mujeres, acompañadas de fotografías, que debían consultar, con la prohibición de tocarlas nunca, pero no por esto dejaba de temblar y de imaginarse siempre atropellada, arrastrada y arrojada al día siguiente a la visita, y ese sillón de visita la llenaba de angustia y de vergüenza, a pesar de que ya se había quitado la camisa ante todos los vientos.
Precisamente, hacia finales de setiembre, una noche en que se paseaba por el bulevar Poissonnières con Satin, ésta se puso a correr de repente. Y como Nana le preguntase, Satin le gritó:
—¡Los agentes! ¡Corre, corre!