Nana

Nana

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Fue una carrera loca en medio de la gente. Faldas que huían, que se desgarraban. Hubo golpes y gritos. Una mujer se cayó al suelo. La gente contemplaba riendo la brutal agresión de los agentes, quienes rápidamente cerraban su círculo. Nana, mientras, había perdido a Satin. Las piernas se le paralizaron y seguramente iba a ser detenida cuando un hombre la cogió del brazo y la arrastró por delante de los furiosos agentes.

Era Prullière, que acababa de reconocerla. Sin hablar, dieron la vuelta por la calle Rougemont, entonces desierta, y Nana pudo respirar, y tan desfallecida estaba que él tuvo que sostenerla. Ella ni siquiera le dio las gracias.

—Vamos —dijo él al fin— es forzoso que te sometas… Sube a mi casa.

Vivía cerca, en la calle Bergere. Pero ella en seguida se irguió.

—No, no quiero.

Entonces él se puso grosero, añadiendo:

—Si todo el mundo pasa… ¿Por qué no quieres?

—Porque no.

Esto lo decía todo, según su idea. Ella amaba demasiado a Fontan para traicionarle con un amigo. Los otros no contaban desde el momento que no le proporcionaban placer y que era por necesidad. Ante esa estúpida cabezonería, Prullière cometió la cobardía del hombre herido en su amor propio.


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