Nana
Nana —Bien, como quieras. Sólo que yo no voy por tu lado, querida… Resuelve ese lío tú sola.
Y la abandonó. Volvió a apoderarse de ella el terror, y dio un enorme rodeo para regresar a Montmartre, deslizándose a lo largo de las aceras y palideciendo en cuanto un hombre se le acercaba.
Al día siguiente, aún con el trastorno de su miedo de la víspera, Nana se dirigía a casa de su tía cuando se topó con Labordette en el extremo de una callecita solitaria de los Batignolles.
De momento, uno y otra parecieron molestos. Pero él, siempre complaciente, tenía asuntos que ocultar, por lo que en seguida se repuso, y fue el primero que celebró el feliz encuentro. Verdaderamente, todo el mundo aún estaba estupefacto del eclipse total de Nana. La reclamaban, los antiguos amigos se consumían esperándola. Y, poniéndose paternal, acabó sermoneándola.
—Entre nosotros, querida, francamente, ha sido una necedad. Se comprende un capricho. Pero llegar al extremo de ser explotada y no recoger más que tortazos… ¿Aspiras al premio a la virtud?
Nana le escuchaba con gesto cohibido. Sin embargo, cuando él habló de Rose, que triunfaba con su conquista del conde Muffat, una llama brilló en sus ojos, y murmuró:
—Si yo quisiera…