Nana

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Él propuso inmediatamente su mediación, como amigo complaciente, pero ella rehusó. Entonces la atacó por otro punto. Le dijo que Bordenave montaba una pieza de Fauchery en la que había un papel soberbio para ella.

—¿Cómo? ¿Una obra en la que tengo un papel? —exclamó extrañada—. Pero si no me ha dicho nada.

Ella no nombraba a Fontan. Por lo demás, en seguida se calmó. Nunca volvería al teatro. Sin duda, Labordette no estaba muy convencido, porque insistía con una sonrisa.

—Ya sabes que no tienes nada que temer conmigo. Respecto a Muffat, tú vuelve al teatro y te lo traigo por la oreja.

—¡No! —replicó ella enérgicamente.

Y lo dejó. Su heroísmo incluso la enternecía. No sería ese cochino de hombre quien se sacrificaría por nada, sin engañarla. No obstante, la sorprendió una cosa: Labordette acababa de darle exactamente los mismos consejos que Francis.

Por la noche, cuando Fontan regresó, le preguntó acerca de la obra de Fauchery. Él, desde hacía dos meses, había vuelto al Varietés. ¿Por qué no le había hablado de ese papel?

—¿Qué papel? —dijo Fontan con acento desapacible—. ¿No será el papel de la gran señora? Y te crees con talento.


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