Nana

Nana

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—Pero, pequeña, ese papel te aplastaría. ¡Qué graciosa eres!

Nana se sintió horriblemente ofendida. Durante toda la noche Fontan se burló de ella, llamándola señorita Mars. Y cuando más se metía con ella, más firme se mantenía, saboreando un amargo deleite en aquel heroísmo de su capricho, que lo hacía más grande y más amoroso a sus propios ojos.

Desde que iba con otros para mantenerle, lo amaba más, con toda la fatiga y todas las repugnancias que acarreaba. Él se convertía en su vicio, que ella pagaba; en su necesidad, de la que no podía prescindir bajo el aguijón de las bofetadas. Fontan, viéndola tan buena bestia, acababa por abusar. Le atacaba los nervios y le iba poniendo un odio feroz, hasta el extremo de no tener en cuenta sus intereses. Cuando Bosc le hacía algunas observaciones, gritaba exasperado, sin que se supiese por qué; le importaban un bledo ella y sus buenas comidas, y la plantaría aunque sólo fuera para regalar sus siete mil francos a otra mujer. Ése fue el desenlace de sus relaciones.




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