Nana
Nana Una noche al regresar Nana hacia las once, encontró el cerrojo en la puerta. Llamó una vez y no obtuvo respuesta; una segunda vez, y también sin respuesta. Sin embargo, veía luz por debajo de la puerta, y Fontan, en el interior, no se molestaba en moverse. Aún volvió a llamar, gritando e incomodándose. Al fin se oyó la voz de Fontan, lenta y dura, soltando una sola palabra:
—¡Mierda!
Ella llamó con los dos puños.
—¡Mierda!
Aún llamó con más fuerza, capaz de romper la madera.
—¡Mierda!
Y durante un cuarto de hora la abofeteó la misma basura, respondiendo como un eco burlón a cada uno de los golpes con que ella sacudía la puerta.
Luego, viendo que ella no se cansaba, abrió bruscamente, se plantó en el umbral, los brazos cruzados y le dijo con la misma voz, brutalmente fría:
—¡Maldita seas! ¿Acabarás de una vez…? ¿Qué quieres…? ¿Quieres dejarnos dormir? ¿No lo ves que tengo compañía?