Nana
Nana No estaba solo. Nana vio a la mujercita de los Bouffes, ya en camisa y con sus cabellos de calabaza sueltos y sus ojos como agujeros que reían en medio de aquellos muebles que ella había pagado. Pero Fontan dio un paso en el descansillo, con gesto terrible y abriendo sus dedos como tenazas.
—¡Lárgate o te estrangulo!
Entonces Nana estalló en sollozos nerviosos. Tuvo miedo y huyó. Esta vez era a ella a quien ponían de patitas en la calle. El recuerdo de Muffat le apareció de repente en medio de su rabia, pero, realmente, no era Fontan quien debía vengarlo con la misma moneda.
Una vez en la calle, su primer pensamiento fue el de ir a acostarse con Satin, si no tenía a alguien. La encontró delante de su casa, también echada a la calle por su casero, quien acababa de poner un candado en su puerta, contra todo derecho, ya que ella tenía allí sus muebles; Satin juraba y hablaba de arrastrarle ante el comisario. Pero estaban dando las doce y era necesario buscarse una cama. Y Satin, viendo más prudente no meter a la policía en sus asuntos, acabó por llevarse a Nana a la calle de Laval, a casa de una señora que tenía un hotelito amueblado. Les dieron en el primer piso una habitación estrecha, cuya ventana se abría a un patio. Satin repetía: