Nana
Nana —Me hubiese ido a casa de la señora Robert. Allí siempre hay un rincón para mí… Pero contigo no es posible. Se vuelve ridículamente celosa. La otra noche me pegó.
Cuando cerraron la puerta, Nana, que aún no se había tranquilizado, se deshizo en lágrimas y contó infinidad de veces la cochinada de Fontan. Satin la escuchaba complaciente, la consolaba, se indignaba más que ella, y la emprendía contra los hombres.
—¡Oh! los cerdos… ¡Oh! los cerdos… Lo ves, no hacen falta para nada esos cerdos.
Luego ayudó a Nana a desvestirse, y tuvo con ella atenciones de mujercita previsora y sumisa. Repetía con mimo:
—Acostémonos en seguida, gatita. Estaremos mejor. Qué tonta eres disgustándote. Te digo que son unos cochinos. No pienses en ellos… Yo te quiero mucho. No llores, hazlo por tu queridita.
Y en seguida cogió a Nana entre sus brazos, a fin de calmarla. No quería oír más veces el nombre de Fontan, y cada vez que volvía a los labios de Nana, ella la paraba con un beso, con una bonita mueca de cólera, los cabellos sueltos y una belleza infantil y ahogada en ternura. Entonces, poco a poco, en aquel abrazo tan suave, Nana enjugó sus lágrimas. Estaba conmovida y devolvía a Satin sus caricias.