Nana

Nana

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Cuando dieron las dos, la bujía aún estaba encendida; tenían ligeras risas sofocadas con palabras de amor. Pero bruscamente, ante un alboroto que conmovió a todo el hotel, se levantó Satin, medio desnuda, y se puso a escuchar.

—¡La policía! —dijo muy pálida—. ¡Por todos los diablos! ¡Estamos atrapadas!

Más de cien veces había contado las irrupciones que los agentes hacían en los hoteles. Y precisamente aquella noche en que habían ido a refugiarse en la calle de Laval; ni una ni otra pensaron en ella.

Ante la palabra policía, Nana perdió la cabeza. Saltó del lecho, cruzó la habitación y abrió la ventana, con la actitud de una loca que va a tirarse por ella. Pero afortunadamente el pequeño patio tenía un techo de vidrio, y había una tela metálica al mismo pie de la ventana. Entonces no dudó un segundo, saltó por el antepecho y desapareció en la oscuridad, la camisa flotando y los muslos al aire.

—Quédate —repetía Satin asustada—. Vas a matarte.

Luego, como golpeaban la puerta, fue buena amiga; cerró la ventana y metió las ropas de Nana en un armario.


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