Nana

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El decorado del segundo acto constituyó una sorpresa. Se desarrollaba en un baile popular de arrabal, en La Boule-Noire, en pleno martes de Carnaval; la comparsa enmascarada cantaba una ronda, cuyo estribillo acompañaba taconeando. Esta salida truhanesca, que nadie esperaba, agradó tanto que hubo de repetirse. Y entonces apareció la banda de los dioses, para realizar su encuesta, extraviada por Isis, que se jactaba falsamente de conocer la Tierra. Se habían disfrazado con el propósito de mantener el incógnito. Júpiter apareció vestido de rey Dagoberto, con sus calzas al revés y una enorme corona de latón. Febo entró de postillón de Lonjumeau y Minerva de nodriza normanda. Grandes carcajadas acogieron a Marte, que vestía un extravagante uniforme de almirante suizo. Pero las risas fueron escandalosas cuando se vio a Neptuno vestido con una blusa, tocado con un gorro hinchado, con garcetas pegadas a las sienes, arrastrando sus pantuflas y diciendo con voz grave: ¡Y qué! Cuando uno es guapo, es natural que las mujeres no lo dejen en paz. Se oyeron unos cuantos ¡oh!, ¡oh! mientras las señoras levantaban un poco sus abanicos. Lucy, en el proscenio, reía tan ruidosamente que Caroline Héquet la hizo callar con un ligero golpe de abanico. Desde aquel momento estaba salvada la obra y se entreveía su gran éxito.



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