Nana

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Aquel carnaval de los dioses, el Olimpo arrastrado por el fango, toda una religión, toda una poesía befadas, parecían un regalo exquisito. La fiebre de la irreverencia alcanzaba a todo el mundo letrado desde las primeras representaciones; se pisoteaba la leyenda, se rompían las antiguas imágenes. Júpiter tenía una cabezota, Marte era golpeado, la realeza se convertía en una farsa y el Ejército en una bufonada. Cuando Júpiter, enamorado repentinamente de una pequeña lavandera, se puso a bailar un desenfrenado cancán, Simonne, que hacía de lavandera, lanzó un puntapié a las narices del rey de los dioses, mientras le llamaba tan graciosamente «papito mío», que toda la sala rió locamente. Mientras se bailaba, Febo obsequiaba con ponches a Minerva, y Neptuno reinaba en siete u ocho mujeres que le regalaban pastelillos. Se recurría a las alusiones, se añadían obscenidades y las palabras inofensivas eran desvirtuadas en su sentido por las exclamaciones del patio de butacas. Hacía tiempo que el público de un teatro no se había revolcado en la necedad más irrespetuosa. Esto le regocijaba.






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