Nana

Nana

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Mientras la acción continuaba en medio de aquellas locuras, Vulcano, vestido de elegante, con traje amarillo, guantes amarillos y monóculo, corría siempre detrás de Venus, que al fin llegaba vestida de verdulera, con un pañuelo en la cabeza, el pecho opulento y cubierta de grandes alhajas de oro. Nana estaba tan blanca, tan llenita y tan natural en aquel personaje de robustas caderas y gritona, que inmediatamente se adueñó de la sala. Por ella se olvidó a Rose Mignon, un delicioso Bebé, con chichonera y su corto vestido de muselina, que acababa de suspirar las quejas de Diana con voz encantadora. La otra, aquella gorda moza que se golpeaba los muslos, que cacareaba como una gallina, exhalaba en torno suyo un olor de vida, un poderío de mujer, que todo el mundo se quedó como atontolinado. Desde aquel segundo acto se le permitió todo: estar mal en escena, no cantar una nota justa y olvidarse de sus réplicas; no tenía más que volverse y reír para arrancar bravos del público. Cuando pegaba su famoso caderazo, todo el patio de butacas se encendía y el entusiasmo corría de galería en galería hasta llegar al techo. También consiguió un triunfo cuando se puso a dirigir el baile. Allí estaba como en su casa, puesta en jarras, sentando a Venus en el arroyo, en el bordillo de la acera. Y la música parecía hecha para su voz arrabalera, una música de flauta de caña, un retorno a la feria de Saint Cloud, con estornudos de clarinete y zancadas de flautista.


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