Nana
Nana Todavía bisaron dos números. El vals de la obertura, aquel vals de ritmo truhanesco, había vuelto y arrebataba a los dioses. Juno, vestida de labradora, encontraba a Júpiter con su lavandera y lo abofeteaba. Diana sorprendía a Venus dando una cita a Marte, y se apresuraba a indicar a Vulcano la hora y el lugar, gritándole: «Tengo mi plan». Lo demás no aparecía muy claro. La encuesta desembocaba en un golpe final, tras el cual, Júpiter, sudoroso, ahogado y sin corona, declaraba que las mujercitas de la Tierra eran deliciosas y que todos los hombres eran unos necios.
El telón caía cuando, dominando los bravos, muchas voces gritaban violentamente:
—¡Todos, todos!
Entonces se levantó el telón y reaparecieron los artistas cogidos de las manos. En el centro, Nana y Rose Mignon, codo con codo, saludaban con grandes reverencias. Se aplaudió, la claque enronqueció con sus aclamaciones y poco después la sala quedó medio vacía.
—Tengo que ir a saludar a la condesa Muffat —dijo Héctor.
—Entonces, me presentarás —repuso Fauchery—. Bajaremos en seguida.