Nana
Nana Pero no era fácil llegar hasta los palcos del primer piso. En el pasillo de arriba se apretujaba la gente. Para avanzar en medio de los grupos había que abrirse paso con los codos. Situado debajo de una lámpara de cobre en la que ardía un chorro de gas, el crítico gordo juzgaba la obra ante un corrillo que le escuchaba atento. La gente, al pasar, lo nombraba a media voz.
Había reído durante todo el acto, según decían en los pasillos; no obstante, se mostraba muy severo, y hablaba del buen gusto y de la moral. Más adelante, el crítico de los labios delgados demostraba una benevolencia que tenía un trasfondo hostil, como de leche agriada.
Fauchery examinaba los palcos de una ojeada por las aberturas redondas de las puertas. El conde de Vandeuvres le detuvo, al oír que los dos primos iban a saludar a los Muffat, y les indicó el palco número 7, de donde acababa de salir. Luego, inclinándose al oído del periodista, le preguntó:
—Dígame, querido, esa Nana ¿no es aquella que vimos una noche en la esquina de la calle de Provence?
—¡Claro que sí! Tenía yo razón —exclamó Fauchery—. Ya decía yo que la conocía.