Nana
Nana Estuvo mucho tiempo sentada en el borde de la cama y escuchando. No obstante, hacia la mañana se durmió. Pero a las ocho, al despertarse, huyó del hotel y corrió a casa de su tÃa. Cuando la señora Lerat, que precisamente tomaba su café con leche con Zoé, la vio a aquellas horas, hecha un pingajo y desencajada, lo comprendió todo inmediatamente.
—¡Ya está hecho! —exclamó—. Te lo he dicho cien veces: te despellejará. Vamos, entra, que siempre serás bien recibida en mi casa.
Zoé se habÃa levantado, murmurando con una familiaridad respetuosa:
—Por fin la señora ha vuelto… Ya esperaba a la señora.
Pero la señora Lerat quiso que Nana besase en seguida a Louiset, porque, decÃa ella, la felicidad de aquel niño estribaba en la buena sabidurÃa de su madre.
Louiset aún dormÃa, enfermizo, con la sangre empobrecida. Y cuando Nana se inclinó sobre su cara blanca y escrofulosa, todos sus sinsabores de los últimos meses se le agarraron a la garganta y la estrangularon.
—¡Oh! mi pobre pequeño, hijito mÃo —tartamudeó en una última crisis de sollozos.