Nana

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Llevada a este terreno, la discusión fue interminable. El director volvía siempre al mismo razonamiento: puesto que el Folies-Dramatiques ofrecía trescientos francos por noche a Rose durante cien representaciones, cuando él sólo le daba ciento cincuenta, le quedaba un beneficio de quince mil francos desde el momento en que la dejaba marchar libremente. El marido no abandonaba el terreno del arte: ¿qué dirían si viesen que le quitaban el papel a su mujer? Que no valía, y que habían tenido que sustituirla.

¡No, no, jamás! La gloria antes que la riqueza. Y de pronto indicó una transacción: Rose, según su contrato, tenía que pagar una indemnización de diez mil francos si se retiraba; pues que le diesen los diez mil francos y se irían al Folies Dramatiques.

Bordenave quedó aturdido, y Mignon, que no había quitado la vista del conde, esperaba tranquilamente.

—Entonces, todo arreglado —murmuró Muffat aliviado—. Podemos entendernos.

—¡Ah, no! Sería demasiado estúpido —gritó Bordenave, arrebatado por sus instintos de hombre de negocios—. ¿Diez mil francos por dejar a Rose? Se burlarían de mí.

Pero el conde le ordenaba aceptar, multiplicando sus movimientos de cabeza. Todavía vacilaba. Por fin, gruñendo, lamentando los diez mil francos, aunque no saliesen de su bolsillo, añadió con brutalidad:


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