Nana

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—Después de todo, no me importa. Por lo menos me veré libre de vosotros.

Desde hacía un cuarto de hora, Fontan escuchaba en el patio; muy intrigado, había ido a apostarse en aquel sitio. Cuando comprendió de qué se trataba, subió de nuevo y se dio el gusto de advertir a Rose. ¡Vaya! Se intrigaba contra ella y la afeitaban en seco.

Rose corrió al almacén de accesorios. Todos se callaron al verla. Miró a los cuatro hombres: Muffat bajó la cabeza, Fauchery respondió con un encogimiento de hombros desesperado ante la mirada con que ella le interrogaba. Mignon discutía con Bordenave los términos del contrato.

—¿Qué sucede? —preguntó ella secamente.

—Nada, dijo su marido. Bordenave, que nos da diez mil francos para recuperar tu papel.

Ella temblaba, muy pálida, cerrados sus pequeños puños. Durante un momento estuvo mirándole, en una sublevación de todo su ser. Por costumbre se abandonaba dócilmente en las cuestiones de negocios, dejándole la firma de contratos con sus directores y sus amantes. Y no encontró más que este grito, con el cual le cruzó la cara como si fuera un latigazo:

—¡Eres un miserable!


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