Nana
Nana Luego se marchó. Mignon, estupefacto, corrió detrás de ella. ¿A qué venía aquello? ¿Se había vuelto loca? Y le explicó a media voz que diez mil francos de un lado y quince mil del otro sumaban veinticinco mil. Un soberbio negocio. Además, Muffat la hastiaba; era un bonito desquite poderle arrancar esa última pluma del ala.
Pero Rose no respondía; estaba furiosa. Entonces Mignon, desdeñoso, la dejó con su despecho de mujer, y le dijo a Bordenave, que volvía al escenario con Fauchery y Muffat.
—Firmaremos mañana por la mañana; tenga dispuesto el dinero.
Precisamente Nana, avisada por Labordette, bajaba triunfante. Hacía la mujer honrada con aires de distinción, para asombrar a su gente y demostrar a aquellos idiotas que cuando ella quería no había otra tan elegante.
Pero estuvo a punto de comprometerse. Rose, nada más verla, se fue a ella, sofocada y tartamudeando:
—Tú, ya te encontré… Eso lo arreglaremos tú y yo; ¿entiendes?
Nana se olvidó de todo ante este brusco ataque, iba a ponerse en jarras y a contestarle, tratándola de puerca, pero consiguió contenerse, y, exagerando el tono aflautado de su voz, con un gesto de marquesa que pisa una cáscara de naranja, exclamó: