Nana

Nana

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—¿Cómo? Usted está loca, querida.

Después continuó sus gracias, mientras Rose se iba, seguida de Mignon, que no la reconocía. Clarisse, encantada, acababa de obtener de Bordenave el papel de Géraldine; Fauchery, muy huraño, andaba de un lado para otro sin decidirse a abandonar el teatro; su obra estaba perdida y buscaba el modo de salvarla.

Nana fue a cogerle de las manos, y atrayéndole a su lado, le preguntó si la encontraba tan atroz. Ella le aseguró que no se comería su obra, lo cual le hizo reír, y Nana le dejó entender que sería una tontería enfadarse con ella dada su posición con los Muffat.

Además, si le fallaba la memoria, de algo serviría el apuntador. Llenarían la sala. Por otro lado, él se equivocaba respecto a ella, y ya vería cómo se llevaría al público de calle.

Entonces se convino que el autor recortaría un poco el papel de la duquesa para alargar más el de Prullière. A éste eso le encantó. Ante aquella jovialidad que Nana, por naturaleza, siempre aportaba, sólo Fontan permaneció frío. Plantado en medio del rayo amarillo de la derivación, afectaba una postura de abandono, exhibiendo la viva arista de su perfil de chivo. Y Nana, tranquilamente, se le acercó, le dio un apretón de manos y le preguntó:

—¿Sigues bien?

—Pues sí, no estoy mal. ¿Y tú?


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