Nana
Nana —Muy bien, gracias.
Eso fue todo. Parecía que se hubiesen despedido la víspera en la puerta del teatro.
Los actores esperaban, pero Bordenave dijo que no se ensayaría el tercer acto. Y, por casualidad, el viejo Bosc se marchaba gruñendo; se les retenía sin necesidad y se les hacía perder tardes enteras. Todo el mundo se marchó.
En la calle, todos parpadearon cegados por la luz del día, con el aturdimiento de las personas que se han pasado tres horas discutiendo en una cueva y en una continua tensión de nervios. El conde, agotado y dándole vueltas a la cabeza, subió a su coche con Nana, mientras Labordette se llevaba a Fauchery, tratando de apaciguarlo.
Un mes más tarde, la primera representación de la Duquesita fue, para Nana, un gran fracaso. Se mostró tan atrozmente mala, con sus pretensiones de actriz de alta comedia, que sólo consiguió que se divirtiese el público. Si no se la silbó, fue de tanto como reía. En un palco del proscenio, Rose Mignon acogía con una risa aguda cada aparición de su rival, excitando las carcajadas de toda la sala. Era una primera venganza. Y aquella noche, cuando Nana se quedó sola con Muffat, que estaba muy apenado, le dijo desgañitándose: