Nana
Nana Fauchery contó con jovialidad que estuvo a punto de quedarse encerrado en el acuario, entonces en construcción, cuando fue allí para escribir un artículo. La condesa sonreía. De vez en cuando miraba a la sala, y levantando uno de sus brazos, cuyos guantes blancos le llegaban al codo, se abanicaba con lentitud. La sala, casi vacía, dormitaba; algunos señores del patio de butacas habían abierto su periódico y las mujeres recibían en los palcos como si estuvieran en su casa. No se oía más que un murmullo de grata compañía bajo la gran lámpara, cuya claridad se suavizaba con el fino polvillo levantado por el vaivén del entreacto. Los hombres se apiñaban en las puertas para contemplar a las mujeres que se habían quedado sentadas, y permanecían allí, inmóviles durante un minuto, alargando el cuello, con el gran corazón blanco de sus pecheras.
—Contamos con usted para el martes próximo —dijo la condesa a Héctor de la Faloise.