Nana

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También invitó a Fauchery, quien se inclinó. No se dijo nada sobre la obra, y no se pronunció el nombre de Nana. El conde mantenía una dignidad tan glacial que se le hubiese creído en alguna sesión del Cuerpo legislativo. Para explicar su presencia en el teatro dijo simplemente que su suegro era muy aficionado. La puerta del palco había quedado abierta y el marqués, que salió para dejar sitio a los visitantes, no obstante lo alto que era y a pesar de ser ya un anciano, erguía el rostro bajo su sombrero de alas anchas, siguiendo con ojos turbados a las mujeres que pasaban.

Después de formular su invitación la condesa, Fauchery se despidió, comprendiendo que sería un inconveniente hablar de la obra. Héctor fue el último en salir del palco. Acababa de descubrir en el proscenio del conde de Vandeuvres al rubio Labordette, instalado cómodamente y conversando muy de cerca con Blanche de Sivry.

—¡Ah, vaya! —exclamó cuando se reunió con su primo—. Ese Labordette conoce a todas las mujeres. Ahora está con Blanche.

—Pues claro que las conoce a todas —respondió tranquilamente Fauchery—. ¿Te extraña, querido?


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