Nana
Nana El hotelito de Nana estaba en la avenida de Villiers, en la esquina de la calle Cardinet, en ese barrio de lujo, a punto de nacer en medio de los terrenos vacíos de la antigua llanura. Construido para un joven pintor, embriagado por un primer éxito y que hubo de venderlo apenas secas las paredes, era de estilo Renacimiento, con un aire de palacio, fantasía en la distribución interior y comodidades modernas en un cuadro de originalidad caprichosa.
El conde Muffat había comprado el hotel amueblado, lleno de chucherías, de bellísimos tapices de Oriente, de viejos aparadores y de grandes sillones Luis XIII, y Nana se vio en medio de un mobiliario artístico, de un gusto muy fino en el caos de las épocas. Pero como el taller, que ocupaba el centro de la casa, no podía servirle, cambió el orden de los pisos: en la planta baja dejó un invernadero, un gran salón y el comedor, y en el primer piso abrió un saloncito, cerca de su dormitorio y de su tocador. Asombraba al arquitecto con las ideas que le daba, nacidas de un golpe de refinamiento en el lujo, como buena hija del arroyo de París que posee el instinto de todas las elegancias.
En fin, no estropeó demasiado el hotel; incluso añadió algunas riquezas al mobiliario, salvo algunas huellas de necia ternura y de esplendor chillón, en el que se descubría a la antigua florista que un día soñó ante los escaparates de los pasajes.