Nana

Nana

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Nana sólo abría el gran salón, de un Luis XVI demasiado rico, en las noches de gala, cuando recibía al mundo de las Tullerías o a personajes extranjeros. Por lo general, bajaba únicamente a las horas de comer, sintiéndose un poco perdida cuando comía sola en el comedor, muy alto, adornado de Gobelinos y con un aparador monumental, con viejas porcelanas y maravillosas piezas de orfebrería antigua. Volvía a subir en seguida y se pasaba la mayor parte del tiempo en el piso principal, en sus tres piezas, el dormitorio, el gabinete y el saloncito.

Ya había renovado la alcoba dos veces, la primera en raso malva, la segunda con aplicaciones de encaje sobre seda azul, y todavía no estaba satisfecha, pues lo encontraba insípido, y aún buscaba, sin encontrar nada a su gusto. El encaje de Venencia, que adornaba el acolchado lecho, bajo como un sofá, costaba más de veinte mil francos. Los muebles eran de laca blanca y azul, incrustada con filetes de plata; por todas partes se veían tantas pieles de osos blancos que ocultaban las alfombras; un capricho, un refinamiento de Nana, que no podía desacostumbrarse de sentarse en el suelo para quitarse las medias.




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