Nana

Nana

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Al lado del dormitorio, el saloncito ofrecía una mezcolanza graciosa y de exquisito gusto, contra la colgadura de seda rosa pálido, un rosa turco marchito y recamado de hilos de oro, se destacaba un enjambre de objetos de todos los países y de todos los estilos: gabinetes italianos, cofres españoles y portugueses, pagodas chinas, una mampara japonesa de un acabado precioso, además de porcelanas, bronces, sedas bordadas, tapicerías finísimas, mientras que los sillones, amplios como camas, y los sofás, imponían una perezosa molicie, una vida soñolienta de serrallo.

La estancia conservaba el tono del oro viejo, fundido de verde y de rojo, sin que nada delatase demasiado a la ramera, a excepción de la voluptuosidad de los asientos; dos estatuillas de barro cocido, una mujer en camisa buscándose las pulgas, y otra absolutamente desnuda, caminando sobre las manos y con los pies en alto, bastaban para ensuciar el salón con una mancha de necedad original.

Por una puerta, casi siempre abierta, se veía el cuarto de baño, de mármol y de espejos, con el ribete blanco de su bañera, sus tarros y sus palanganas de plata, sus adornos de cristal y de marfil. Una cortina corrida dejaba el cuarto en una blanquecina claridad, pareciendo dormir, como calentado por un perfume de violeta, ese perfume turbador de Nana, del que todo el hotel, hasta el patio, se impregnaba.


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