Nana

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La gran tarea fue instalar la casa. Nana tenía a Zoé, esa muchacha devota de ella, que desde hacía meses esperaba tranquilamente aquel brusco lanzamiento, segura de su éxito. Ahora Zoé triunfaba, dueña del hotel, hacía su bolsa a la vez que servía a su señora con la mayor honradez posible. Pero una doncella no bastaba para todo. Se necesitaban un mayordomo, un cochero, un conserje y una cocinera. Por otro lado, había que instalar las caballerizas.

Entonces Labordette resultó muy útil, al encargarse de las diligencias que fastidiaban al conde. Intervino en la compra de los caballos, recorrió los carroceros, guió con sus consejos a Nana, que siempre estaba cogida del brazo de él en casa de sus proveedores. Incluso Labordette proporcionó los criados: Charles, un muchachote que era cochero y salía de casa del duque de Corbreuse; Julien, un menudo mayordomo de pelo muy rizado y gesto risueño, y un matrimonio cuya mujer, Victorine, era cocinera, y el hombre, François, entró como conserje y lacayo, de pantalón corto, peluca empolvada y vistiendo la librea de Nana, azul claro y galón de plata; él recibía a los visitantes en el vestíbulo.

Todo era de una apariencia y una corrección principescas.


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