Nana

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En el segundo mes la casa quedó terminada. El gasto pasaba de los trescientos mil francos. Había ocho caballos en las cuadras y cinco carruajes en las cocheras, entre los cuales había un landó adornado en plata que, durante unos días, llamó la atención de todo París. Y Nana, en medio de esta fortuna, se ahuecaba, se apoltronaba.

Había abandonado el teatro a la tercera representación de la Duquesita, dejando a Bordenave apuradísimo, al borde de una amenazadora quiebra, a pesar del dinero del conde.

No obstante, ella conservaba cierta amargura de su fracaso, lo que se añadía a la lección de Fontan, una indecencia en la que hacía culpables a todos los hombres. Así pues, ahora se sentía muy fuerte y a prueba de todo capricho.

Pero las ideas de venganza no duraban en su cerebro de pájaro. Lo que permitía, además de sus momentos de cólera, era un desmesurado apetito de derroche, un desdén natural hacia el hombre que pagaba, un continuo capricho de devoradora y de caprichosa, orgullosa de la ruina de sus amantes.



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