Nana

Nana

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Al principio Nana puso al conde en el buen camino. Estableció claramente el programa de sus relaciones. Él daría doce mil francos al mes, sin contar los regalos, no pidiendo más compensación que una fidelidad absoluta. Ella le juró fidelidad, pero exigió consideraciones, una total libertad de ama de casa y un respeto completo a sus voluntades. Así, recibirían todos los días a sus amigos; él acudiría solamente a unas horas fijas, y por último, y por encima de todo, tendría una fe ciega en ella. Y cuando dudaba, preso de una inquietud celosa, ella se ponía digna, amenazándole con devolvérselo todo, o jurando por la vida de su Louiset. Esto debía bastarle. No había amor donde no había estimación.

Al terminar el primer mes, Muffat la respetaba.

Pero ella quiso y obtuvo más. En seguida tomó sobre él un ascendiente de buena muchacha. Cuando llegaba malhumorado, ella le alegraba, y luego le aconsejaba, después de haberse él confesado. Poco a poco ella fue cuidándose de los enojos de su hogar, de su esposa, de su hija, y de sus asuntos de amor y de dinero, siempre muy razonablemente, con rasgos de justicia y de honradez. Sólo una vez se dejó arrebatar por la pasión, y fue el día en que le confió que, sin duda, Daguenet iba a pedirle en matrimonio a su hija Estelle.


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