Nana
Nana Desde que el conde se exhibía con Nana, Daguenet creyó más hábil romper con ella y tratarla de sinvergüenza, a la vez que juraba que arrancaría a su futuro suegro de las garras de aquella mujerzuela.
También Nana endomingó bonitamente a su antiguo Mimí, un perdido que tiró su fortuna con querindangas, que carecía de sentido moral, no se hacía dar dinero pero se aprovechaba del dinero de los demás, pagando un ramillete o una comida en raras ocasiones, y como el conde pareciese excusar estas debilidades, ella le soltó con toda la crudeza que Daguenet la había poseído, y le dio detalles repugnantes. Muffat se quedó muy pálido. No se habló más de aquel joven. Esto le enseñaría a ser desagradecido.
No obstante, cuando aún no estaba totalmente amueblado el hotel, Nana, una tarde en que había prodigado a Muffat los juramentos de fidelidad más exaltados, retuvo al conde Xavier de Vandeuvres, quien desde hacía quince días le hacía una corte asidua de visitas y de flores.
Ella cedió, no por capricho, sino para demostrarse que era libre. La cuestión de intereses se le ocurrió luego, cuando Vandeuvres, al día siguiente, la ayudó a pagar una cuenta de la que no quería hablar al otro. Le sacaba de ocho a diez mil francos por mes, y éste era un dinero utilísimo para sus gastos.