Nana
Nana Vandeuvres, por entonces, estaba dando fin a su fortuna en un arrebato febril. Sus caballos y Lucy se le comieron tres fincas. Nana iba a comerse su último castillo, situado en las inmediaciones de Amiens, y parecía tener prisa en barrerlo todo, hasta los escombros de la antigua torre construida por un Vandeuvres en tiempos de Philippe-Auguste, rabioso de un apetito de ruinas, encontrando bonito dejar los últimos besantes de oro de su blasón en manos de aquella cortesana que deseaba París.
También aceptó las condiciones de Nana: completa libertad, caricias en días fijos y sin caer en la apasionada candidez de exigir juramentos. Muffat no sospechaba nada, pero Vandeuvres lo sabía todo, aun cuando jamás hacía la menor alusión a ello, fingiendo ignorarlo, con su fina sonrisa de vividor escéptico que no pide imposibles con tal de que tenga su hora y todo París lo sepa.