Nana
Nana Desde entonces Nana tuvo realmente instalada su casa. El personal era completo, en la cuadra, en la cocina y en las habitaciones de la señora. Zoé lo organizaba todo y salía de las complicaciones más imprevistas; estaba dispuesto como en un teatro, regulado como en una gran administración, y funcionaba con tal precisión que, durante los primeros meses, no hubo sobresaltos ni rozamientos. Únicamente la señora causaba demasiados quebraderos de cabeza a Zoé con sus imprudencias, sus cabezonadas y sus alocadas bravatas. Así pues, la doncella fue desviándose poco a poco, viendo, por otro lado, que sacaba mayor provecho de los atolondramientos, cuando la señora había cometido alguna necedad que debía repararse. Entonces llovían los regalos y pescaba luises en el agua revuelta.
Una mañana, cuando Muffat aún no había salido del dormitorio, Zoé introdujo un señor muy tembloroso en el cuarto de aseo, donde Nana se cambiaba de ropa.
—¡Zizí! —exclamó Nana estupefacta.
En efecto, era Georges, quien al verla en camisa, con sus cabellos dorados cayendo sobre sus hombros desnudos, se arrojó a su cuello, abrazándola y besándola por todas partes, aunque ella se debatía, asustada y balbuciendo con voz ahogada:
—¡Acaba, déjame ya! Eso es estúpido… Y usted, Zoé, ¿está loca? Lléveselo de aquí. Métalo abajo; ya veré si puedo ir luego.