Nana

Nana

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Zoé tuvo que empujarle para llevárselo. Abajo, en el comedor, cuando Nana pudo reunirse con ellos, los reprendió a los dos. Zoé se mordió los labios y se retiró muy contrariada, diciendo que ella había creído darle una alegría a la señora.

Georges contemplaba a Nana con tanto entusiasmo por volver a verla, que sus hermosos ojos se llenaban de lágrimas. Los malos días habían pasado, su madre le creía razonable y le permitía abandonar las Fondettes; así, nada más llegar a la estación había cogido un coche para abrazar cuanto antes a su queridita. Hablaba de vivir, en adelante, cerca de ella, como allá, cuando la esperaba descalzo en el dormitorio de la Mignotte. Y a la vez que refería todo esto, alargaba sus dedos, deseoso de tocarla después de aquel cruel año de separación; se apoderaba de sus manos, escudriñaba en las anchas mangas de su peinador y subía hasta los hombros.

—¿Continúas amando a tu bebé? —preguntó con su voz de niño.

—Claro que te amo —respondió Nana, desprendiéndose con un movimiento brusco—. Pero caes como una bomba… Ya sabes, pequeño mío, que no soy libre. Es necesario tener prudencia.


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