Nana
Nana Georges, al apearse del coche con el mareo de un largo deseo al fin satisfecho, ni siquiera había visto el lugar donde entraba. Entonces tuvo conciencia de un cambio alrededor suyo. Observó el rico comedor, con su alto techo decorado, sus Gobelinos y su aparador deslumbrante de objetos de plata.
—Sí —dijo tristemente.
Y ella le hizo comprender que no debía ir nunca por las mañanas. Por la tarde, si quería, de cuatro a seis, era cuando recibía. Después, como la mirara con gesto suplicante y sin pedirle nada, le besó en la frente y se mostró muy buena.
—Sé prudente, y haré lo posible —murmuró Nana.
Pero en verdad era que aquello ya no le decía nada. Encontraba a Georges muy gentil y hubiera querido tenerlo como camarada, pero nada más.
Sin embargo, cuando el joven llegaba cada tarde a las cuatro, parecía tan desgraciado que aún cedía, y le escondía en los armarios para dejarle recoger continuamente las migajas de su belleza. Georges ya no abandonó el hotel, familiar como el perrito Bijou, el uno y el otro en la falda de la dueña, teniendo un poco de ella aunque Nana estuviese con otro, atrapando las gangas de azúcar y caricias en las horas de fastidio solitario.