Nana

Nana

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Sin duda la señora Hugon supo la recaída del pequeño en brazos de aquella mala mujer, porque corrió a París y le pidió que la ayudase a su otro hijo, el teniente Philippe, entonces de guarnición en Vincennes. Georges, que se escondía de su hermano mayor, se sintió preso de gran desesperación, temiendo alguna violencia, y como no podía callarse nada en la expansión nerviosa de su ternura no hizo más que hablar a Nana de su hermano, un muchachote de lo más atrevido.

—Ya lo comprendes —explicaba—; mamá no vendrá a tu casa mientras pueda enviar a mi hermano… Estoy seguro de que enviará a Philippe a buscarme.

La primera vez Nana se sintió muy ofendida, y dijo secamente:

—Me gustaría verlo, qué caramba. Por muy teniente que sea, haré que François lo ponga en la puerta, y en el acto.

Después, como el pequeño insistía en el tema de su hermano, Nana acabó por ocuparse de Philippe. Al cabo de una semana lo conocía de pies a cabeza, muy alto, muy fuerte, alegre, un poco brutal, y además de esto, detalles íntimos: velludos los brazos y un lunar en el hombro. Así, un día en que estaba llena de la imagen de este hombre que debía echar a la calle, exclamó:

—Dime, Zizí. ¿No viene tu hermano? Será un mal amigo.


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