Nana
Nana Al día siguiente, cuando Georges estaba solo con Nana, subió François para preguntar a la señora si recibirían al teniente Philippe Hugon. Georges se quedó pálido, y murmuró:
—Me lo suponía; mamá me habló de eso esta mañana.
Y suplicó a la joven que respondiera que no podía recibirle. Pero Nana ya se levantaba, enardecida y diciendo:
—¿Por qué no? Creería que le tengo miedo. Pues nos vamos a reír. François, tenga a ese señor un cuarto de hora en el salón. Luego me lo trae.
Ya no volvió a sentarse; paseaba febrilmente, yendo del espejo de la chimenea a una luna veneciana colgada sobre un arcón italiano, y cada vez que se miraba, ensayaba una sonrisa, y Georges, alicaído en un sofá, temblaba ante la escena que se acercaba. Nana, sin dejar de pasear, dejaba escapar frases sueltas.
—Esto le calmará a ese buen mozo. Que espere un cuarto de hora… Y después, si cree que viene a casa de una mujerzuela… el salón lo deslumbrará.
Sí, sí, mira bien, pequeño. Esto no es de baratillo; te enseñará a respetar a la burguesía. No hay nada como el respeto para los hombres… ¿Qué? ¿Ha pasado el cuarto de hora? No, apenas diez minutos. Aún tenemos tiempo.