Nana
Nana No podía estarse quieta. Al cuarto de hora, despidió a Georges haciéndole jurar que no escucharía detrás de la puerta, porque sería un inconveniente si los criados le veían. Cuando pasaba al dormitorio, Zizí arriesgó con voz estrangulada:
—Ya sabes, es mi hermano…
—No tengas miedo —dijo ella con dignidad—. Si es correcto, yo seré correcta.
François introdujo a Philippe Hugon, que vestía de levita. Georges atravesó la alcoba de puntillas para obedecer a Nana, pero las voces le detuvieron, vacilante y con tanta angustia que las piernas le flaqueaban. Imaginaba catástrofes, bofetadas, algo abominable que le enemistase para siempre con Nana. Y no pudo vencer el deseo de retroceder y pegar el oído a la puerta.
Se oía muy mal. El espesor de las puertas amortiguaba los ruidos.