Nana
Nana Nana, apasionada como si el Gran Premio fuese a decidir su fortuna, quiso situarse contra la barrera, al lado del poste de la meta. Había llegado muy temprano, una de las primeras, en un landó guarnecido de plata y enganchado a la Daumont con cuatro caballos blancos, magníficos, regalo del conde Muffat. Cuando apareció en la entrada del césped, con dos postillones trotando sobre los caballos de la izquierda, y dos lacayos inmóviles y de pie detrás del coche, se produjo un revuelo entre la multitud, como si pasase una reina.
Nana llevaba los colores de la caballeriza de Vandeuvres, azul y blanco, con un atuendo extraordinario: el pequeño corpiño y la túnica de seda azul se ajustaban al cuerpo, levantados detrás de los riñones en un polisón enorme, lo que delineaba atrevidamente los muslos en esos tiempos de sayas holgadas; luego, la falda de raso blanco, las mangas de raso blanco y un chal de raso blanco en bandolera, todo adornado con una blonda de plata que el sol encendía. Con esto, y descaradamente, para parecerse más a un jockey, se había puesto una gorrita azul con una pluma blanca en el peinado, cuyos mechones rubios le caían sobre la espalda, pareciendo una cola de pelo rojizo.
Era mediodía. Llevaba más de tres horas de espera para la carrera del Gran Premio. Cuando el landó se quedó enfrente de la barrera, Nana se acomodó como si estuviese en su casa.