Nana

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Había tenido el capricho de llevarse a Bijou y a Louiset. El perrillo, echado sobre sus faldas, temblaba de frío a pesar del calor, y el niño, atiborrado de cintas y de encajes, tenía una pobre carita de cera, silenciosa y pálida al aire libre.

Entretanto, Nana, sin preocuparse de los vecinos, hablaba en voz alta con Georges y Philippe Hugon, sentados delante de ella, en la otra banqueta, entre tal hacinamiento de ramilletes de rosas blancas y de miosotas azules, que desaparecían hasta los hombros.

—Entonces —decía ella—, como me aburría, le enseñé la puerta… Y llevaba dos días muy mohíno.

Hablaba de Muffat, sólo que no les decía a los jóvenes la verdadera causa de aquella primera pelea. Una noche él encontró en su habitación un sombrero de hombre, un capricho necio, un transeúnte recogido por aburrimiento.

—No pueden imaginarse lo gracioso que es —proseguía, divirtiéndose con los detalles que daba—. En el fondo es un santurrón… No pasa noche sin decir sus oraciones. Allá él. Cree que yo no veo nada, porque me acuesto antes para no molestarle, pero le espío por el rabillo del ojo; masculla sus rezos y se santigua, pasa por encima de mí y se acuesta del lado de la pared.

—Es un demonio —murmuró Philippe—. ¿Y eso es antes y después?

Ella soltó una carcajada.


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