Nana
Nana La carrera concluía, como inadvertida ante la espera del Gran Premio, cuando una nube se abrió sobre el hipódromo. Hacía un momento que el sol había desaparecido y una claridad lívida ensombrecía a la muchedumbre. Se levantó el viento y siguió un imprevisto diluvio, como un telón de agua. Hubo un minuto de confusión, de gritos, de burlas y reniegos en medio del sálvese quien pueda, de los peatones corriendo para refugiarse bajo los toldos de los tenderetes. Las mujeres trataban de guarecerse en sus carruajes, sosteniendo con ambas manos las sombrillas, mientras que los lacayos echaban las capotas. Pero el chaparrón cesó en seguida y el sol resplandeció entre el polvillo de lluvia que aún volaba. Un desgarrón azul se abrió detrás de la nube, arrastrada por encima del bosque. Y aquello fue como un regocijo del cielo, levantando las risas de las mujeres, ya tranquilizadas, mientras el disco de oro, entre el resoplido de los caballos, la desbandada y la agitación de aquella multitud empapada que se sacudía, iluminaba el césped salpicado de gotas de cristal.
—¡Oh, mi pobre Louiset! —exclamó Nana—. ¿Te has mojado mucho, querido?