Nana

Nana

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El pequeño, sin hablar, se dejó secar las manos. Nana había cogido su pañuelo. En seguida sacudió a Bijou, que aún temblaba más. Aquello no sería nada; sólo unas manchas sobre el raso blanco de su atuendo, pero le tenía sin cuidado. Los ramos, refrescados, tenían un brillo de nieve, y ella aspiró uno, jubilosa, mojando sus labios como en el rocío.

El chaparrón había abarrotado en un instante las tribunas. Nana miraba con sus gemelos. A aquella distancia sólo se distinguía una masa compacta y abigarrada, que se hacinaba en los graderíos, un fondo oscuro que sólo las manchas pálidas de los rostros iluminaban.

El sol, deslizándose por los quicios de la techumbre, deslumbraba a la multitud sentada en el ángulo de la luz, donde los trajes parecían desteñidos. Pero Nana se divertía más con las damas, a quienes el aguacero había sacado de sus hileras de sillas, colocadas en la arena, al pie de las tribunas.

Como la entrada en el recinto de pesaje estaba absolutamente prohibida a las prostitutas, Nana hacía observaciones llenas de acritud acerca de todas aquellas señoras decentes, a quienes encontraba hechas unas payasas con sus graciosas cabezas.

Circuló un rumor. La emperatriz entraba en la pequeña tribuna central, un pabellón en forma de chalet, cuyo amplio balcón estaba adornado con sillones rojos.


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