Nana

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—¡Pero si es él! —exclamó Georges—. No le creía de servicio esta semana.

—Es verdad. ¡Charles! —gritó ella.

La figura tiesa y solemne del conde Muffat había aparecido detrás de la emperatriz. Entonces los jóvenes bromearon lamentando que Satin no estuviese allí para ir a darle unos golpecitos en el vientre.

Pero Nana vio al extremo de sus gemelos la cabeza del príncipe de Escocia, en la tribuna imperial. Lo encontraba más grueso. En dieciocho meses había engordado. Y empezó a dar detalles. ¡Oh! un mocetón vigorosamente constituido.

En torno suyo, en los coches de aquellas mujeres, se rumoreaba que el conde la había abandonado. Era toda una historia. Las Tullerías se escandalizaban de la conducta del chambelán desde que él la exhibía. Entonces, para conservar su puesto, acababa de dejarla.

Héctor de la Faloise llevó esta noticia a Nana, ofreciéndose nuevamente y llamándola «su Julieta». Pero ella se hartó de reír y dijo:

—Eso es una imbecilidad. Usted no le conoce; no tengo más que decirle tustus, y lo abandona todo.


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