Nana
Nana Hacía un instante que observaba a la condesa Sabine y a Estelle. Daguenet aún seguía con ellas. Fauchery llegaba y molestaba a todo el mundo para saludarlas, y también se quedó allí con aire sonriente. Entonces ella continuó, señalando las tribunas con un gesto desdeñoso:
—Además, ya sabe que esas gentes no me impresionan lo más mínimo.
Los conozco demasiado. Hay que verlos al desnudo. Nada de respeto. Se acabó el respeto. Porquería por abajo, porquería por arriba, siempre es porquería y compañía… Aquí tiene por qué no quiero que me fastidien.
Y su gesto se extendía, señalando desde los palafreneros que llevaban los caballos a la pista, hasta la soberana, que hablaba con Charles, un príncipe, sí, pero también un cochino.
—¡Bravo, Nana! ¡Muy elegante, Nana! —aprobó Héctor entusiasmado.
El aviso de las campanas se perdía en el viento y las carreras continuaban. Acababa de correrse el Premio de Ispahan, que «Berlingot», un caballo de la cuadra Méchain, había ganado.